Las aventuras de Eneko
Aventuras y desventuras de un personaje ficticio, Eneko Jorajuría
Introducción
Esta es la historia de Eneko Jorajuría, de sus aventuras y desventuras en un mundo basado en hechos históricos totalmente inventados por mí.
La promesa
«¡Ya eres mío!», se dijo el joven Eneko mientras vigilaba con impaciencia el camino por el que un escuálido jabalí descendía por la ladera del monte para saciar su sed en el arroyo. Hacía ya unos días que lo tenía localizado: lo habían delatado las huellas de sus pezuñas, marcadas de manera muy profunda en el sendero, y el rastro de los me-chones de su pelo recio, enredados en las zarzas que estrechaban el camino.
—Recuerda, Eneko. Para cazar un jabalí lo primero es encontrar su rastro y colocar un lazo para atraparlo –le había dicho su padre hacía ya algún tiempo, mientras se sacu-dían el frio del cuerpo calentándose en la lumbre del caserío en el que vivían—. Debes utilizar un alambre fuerte y grueso y tienes que hacer un nudo corredizo de esta mane-ra. Así, cuanto más tire el bicho, más quedará atrapado. Asegúrate de atar el otro ex-tremo del alambre, anudándolo lo más fuerte posible a algún árbol cercano.
—Sí, padre —asintió Eneko, atento a sus explicaciones.
—Los jabalíes son muy listos. Procura que no te huela, porque si lo hace no caerá en la trampa. Si consigues atraparlo utiliza esta hacha para asestarle un golpe mortal —continuó explicando el padre—. Si lo dejas malherido, ya puedes salir corriendo como alma que lleva el diablo para salvarte.
—Sí, padre —volvió a asentir Eneko, al tiempo que guardaba el hacha en su morral de piel de cordero que siempre llevaba con él a todas partes.
Un poco antes de esconderse, Eneko había colocado el lazo en el sendero. Para camu-flar su olor se había restregado todo el cuerpo con un manojo de flores que había arrancado de cuajo, de las pocas que salpicaban el prado en el que se encontraba. Acuciado por el hambre, no pudo evitar dar un bocado al aire como si saborease la miel que hacía su madre con aquellas flores, y de la que ya no quedaba ni rastro en la alacena.
—Está siendo una época muy dura. En la aldea está muriendo mucha gente de hambre —le había escuchado decir a su madre.
—Yo cada vez estoy más débil —había comentado el padre, con un hilillo de voz casi imperceptible.
No tenían apenas nada que llevarse a la boca. Casi no había llovido, así que la cosecha había sido muy escasa.
El crujir de la hojarasca hizo que la adrenalina de su cuerpo se disparase, poniéndolo aún más nervioso.
—Eneko, no puedes fallar. Yo ya no puedo acompañarte a cazar, sería un estorbo para ti —le había dicho su padre—. Necesitamos comer. Con un jabalí nos aseguraremos el alimento durante una buena temporada.
El animal se iba acercando lentamente, olisqueando con precaución, mientras Eneko empuñaba con fuerza el hacha, decidido a conseguir su objetivo, cada vez más nervioso. Permaneció inmóvil hasta que los gruñidos de desesperación del bicho al caer en la trampa rompieron el silencio y tensaron al máximo sus músculos. Como un poseso se abalanzó sobre el animal, asestándole un hachazo certero en el cuello del que brotó un abundante torrente de sangre. El jabalí se retorció hasta caer al suelo fulminado, mien-tras Eneko, bañado en sangre, recordaba emocionado la última conversación con su padre.
—Hijo, cuida de tu madre —le había dicho un poco antes de morir, sentenciado por el hambre—. Ahora tú eres el hombre de la casa. Te quiero mucho.
—Sí, padre —había asentido Eneko por última vez, derrotado y abatido, mientras las lágrimas humedecían sus ojos—. Se lo prometo.
El nuevo Eneko
—¡Lo conseguí! —dijo triunfante el joven Eneko mientras admiraba al animal que acababa de matar de un hachazo en el cuello, un jabalí joven de mediano tamaño de unas cinco arrobas de peso.
Exhausto, se tumbó en la hierba, al lado de su presa, para descansar y recobrar el aliento. Poco a poco, su pulso fue volviendo a la normalidad.
«No tengo tiempo que perder. He de quitarle las vísceras lo antes posible, para que su carne no se estropee, como me enseñó padre», pensó ya más calmado.
Cogió el extremo de una cuerda y lo anudó con firmeza alrededor de las pezuñas traseras del jabalí. El otro extremo lo lanzó hacia las ramas de un árbol cercano, de manera que la cuerda quedó suspendida en el aire. Finalmente, tiró con fuerza hasta que el animal quedó colgado boca abajo: por efecto de la gravedad el verraco se desangró, salpicando todo el terreno.
Sin perder tiempo, decapitó al bicho con el hacha y lo abrió en canal. Después, extrajo con cuidad sus vísceras, retirándolas del cuerpo del jabalí con su cuchillo de monte: hígado, corazón, pulmones y riñones acabaron envueltos en paños y guardados en un saco; el resto de las vísceras fueron desechadas.
Fabricó una camilla improvisada con dos ramas, lo suficientemente resistente como para poder cargar la preciada carne. «¡Cómo pesa el condenado!», se dijo mientras empujaba la camilla ladera abajo, deshaciendo el camino hacia el caserío familiar.
—Sigue el curso del riachuelo que atraviesa el bosque, así nunca te perderás —le había dicho su padre—. Es el camino más rápido y seguro para llegar a casa, aunque la niebla te envuelva o la nieve borre tu rastro.
«Está llegando el atardecer. Tengo que apresurarme, estoy tan cansado que casi no me tengo en pie, y aún me queda un buen trecho», se dijo.
Mientras seguía el curso del arroyo arrastrando la pesada carga, se sentía feliz por primera vez en mucho tiempo: silbaba y sonreía alegremente, pensando en lo contenta y orgullosa que iba a sentirse su madre. Por fin podrían saciar el hambre, acallando los rugidos de sus estómagos. Incluso, con un poco de suerte, sobrevivirían hasta la recogida de la siguiente cosecha de cereales.
El crujido de unas ramas lo puso en alerta, parándose en seco: un lobo, de color blanco y aspecto famélico, se interponía en su camino enseñándole los dientes, gruñendo de manera amenazadora.
«Eneko, piensa rápido o esta fiera va a dar al traste con todos tus planes», se dijo temblando de miedo.
—Vamos a hacer un pacto, hermano lobo —le dijo al animal mirándole a los ojos—. Aquí hay comida suficiente para los dos: dejaré el corazón del jabalí junto a este árbol para que sacies tu hambre y veas que te trato con respeto. A cambio, te pido que te apartes y me dejes seguir mi camino.
Depositó el corazón en el suelo, muy despacio, y se retiró sin hacer movimientos bruscos. El lobo se acercó y lo olisqueó con cautela y, como si hubiese entendido sus palabras, atrapó el corazón con sus fauces y desapareció corriendo, saltando entre los arbustos del bosque.
«Ufff…, de la que me he librado», respiró ya más tranquilo.
La oscuridad, poco a poco, iba echándose encima. El Sol se ocultaba en el horizonte, tiñendo de ocre las nubes del cielo, haciendo que el frío y la humedad calaran en los huesos a Eneko.
«Ya casi estoy llegando, en seguida veré el tejado de nuestra casa», pensó mientras sus ojos se iluminaban de la emoción y apretaba el paso.
Al doblar el último recodo, ya saliendo del bosque, se detuvo horrorizado: el caserío ardía en llamas, y un fuerte olor a quemado se extendía por el aire. Sin pensárselo dos veces, salió corriendo, dejando el jabalí tirado en el suelo.
El paisaje era dantesco: la estructura del caserío, formada por varias vigas centenarias de roble, estaba prácticamente calcinada por el fuego; el tejado, hecho de robustos tablones de madera de haya, había desaparecido por completo. Tan sólo quedaban en pie las gruesas paredes de piedra, que no habían podido ser destruidas pasto de las llamas.
Todo, absolutamente todo, estaba perdido. De repente, un sentimiento de inquietud invadió su cuerpo.
—¡Madre! ¡Madre! —gritó desesperado mientras buscaba entre los restos calcinados, abrasándose las manos con el fuego.
Impotente, se arrodilló y empezó a golpear el suelo con sus puños, que se fue tiñendo del rojo de su sangre.
—¡Maldita sea! ¿Qué demonios ha pasado aquí? —imploró al cielo con las lágrimas brotando de sus ojos.
Como si se escuchasen sus plegarias, una voz no muy lejos de él surgió de la oscuridad, que ya era completa.
—No busques más, Eneko: tu madre está muerta. Lo siento mucho, pero no pude hacer nada para salvarla —dijo la voz quejumbrosa de Xalbador, uno de sus vecinos—. Han sido los soldados del conde de Eunate, nuestro vil enemigo. Cegados por el hambre han ido caserío por caserío, intentando llevarse lo poco que nos quedaba —prosiguió—. Ya sabes cómo es tu madre: se ha negado rotundamente, enfrentándose a ellos con valentía. Como represalia, han quemado el caserío con ella dentro. Intenté impedirlo, pero me molieron a palos, dejándome aquí malherido.
—¡Nooooo! —gritó con rabia Eneko, llorando desconsolado—. Primero perdí a padre y ahora a madre. Por no tener, ya ni tengo el caserío que ha sido el hogar de mi familia desde hace tantas generaciones. Sin fuerzas se quedó dormido, aferrado a sus recuerdos.
Por la mañana hizo lo único que podía hacer alguien que ya no tenía ni dónde caerse muerto: alistarse en el ejército español.
—Hijo, ¿cuál es su nombre? —le preguntó con voz paternal un sargento veterano, que se encargaba del reclutamiento.
—Ene…, ¡Íñigo! —se corrigió, utilizando la traducción de su nombre en castellano, como queriendo empezar una vida de nuevo.
—Supongo que también tendrá apellido, ¿no, Íñigo?
—¡Jorajuría, señor! —respondió, recordando con orgullo el apellido de su familia.
—De acuerdo, recluta Jorajuría. ¡Partiremos mañana al alba!
—¡Vengaré su muerte, madre!, ¡y también repararé el ultraje de haber destruido nuestro hogar! —gritó Eneko a pleno pulmón entre las ruinas calcinadas del caserío, antes de partir hacia su nuevo destino—. ¡Lo juro por este lugar!
El sonido de un lobo se oyó en la lejanía, al otro extremo del bosque, emitiendo un largo y fuerte aullido, como queriendo transmitir toda su fuerza a Íñigo Jorajuría, el nuevo Eneko.
La guerra de Flandes
Llevábamos varias jornadas caminando entre nieblas y humedades, sin apenas comer ni descansar, con el maldito frío clavándose en nuestros huesos. Ni siquiera nuestras capas, hechas unos harapos, servían ya para protegernos.
Por fin nos encontrábamos frente al ejército protestante, esos herejes malnacidos que habían osado sublevarse contra nuestra Santa Madre Iglesia y nuestro rey Felipe II.
—Vaya tiempo de los demonios que hace —le dije a mi compañero Íñigo, que se encontraba pegado a mí, dándonos calor mutuamente—. Tú eres del norte de Navarra y estarás acostumbrado a este frío, pero yo soy de Sevilla y no puedo con él.
—¡Nos ha jodido el marqués! Por el tiempo que llevamos aquí, tú también deberías estarlo, Diego. Somos ya galgos viejos, incluso demasiado, como para seguir luchando en esta maldita guerra. Mal pagados, mal comidos y mal vestidos…, ¡ni catar hembra nos dejan! —me dijo con una sonrisa pícara en los labios, ocultos tras un frondoso bigote peinado de canas.
—Entonces, ¿por qué estamos aquí?
—Pues para hacer honor a los versos que ya conoces: «España mi natura, Italia mi ventura, Flandes mi sepultura» —recitó con sorna—. Ya conoces nuestras órdenes: debemos apoyar al tercer duque de Alba —el Gran Duque— para que pueda capturar al jefe de los rebeldes, Guillermo de Orange, y llevarlo ante el rey para que rinda cuentas por el alzamiento en Flandes.
—Si no fuera porque le debo lealtad a España y respeto a la memoria del que nos enseñó a pelear con honor y valentía, don Gonzalo Fernández de Córdoba (el Gran Capitán y padre de los Tercios Españoles), le iban a ir dando al duque, que nos manda a guerrear como el que lleva a unos borregos al degolladero.
—¡Callaos, copón! —nos recriminó el alférez San Pedro, que dirigía nuestro grupo y que también era veterano—. Manteneos en silencio y guardad fuerzas, que en breve se nos echará encima la caballería enemiga. Estábamos en formación, listos para el combate. En primera fila se colocaban los soldados más jóvenes y fuertes, los piqueros, preparados para destrozar a la caballería enemiga con sus largas lanzas. Los arcabuceros se situaban inmediatamente detrás, con sus armas de fuego, dispuestos a hacer estragos entre las tropas enemigas disparando bolas de plomo. Finalmente, y detrás de los arcabuceros, nos situábamos los más veteranos y hábiles en el arte de la espada, expertos en los combates cuerpo a cuerpo, peleando muchas veces con más maña que fuerza.
—¡Atentos, que se acercan! —nos advirtió el alférez al comprobar que el ejército enemigo empezaba a dirigirse hacia nosotros—. ¡Pardiez, Jiménez, sujete con firmeza su lanza y deje de temblar! —ordenó al más joven de los piqueros, que no tenía más de dieciséis años de edad, huérfano de madre.
—¡Fuego a discreción! —ordenó a los arcabuceros.
Las armas de fuego empezaron a tronar y un enjambre de bolas de plomo se dirigió silbando hacia las tropas enemigas cortando el aire, dejando tras de sí una nube blanca y densa con un fuerte olor a pólvora quemada. El plomo impactó inmisericorde contra los herejes, provocando alaridos de dolor mientras sus cuerpos caían inertes al suelo. El campo de batalla se tiñó de rojo y la humedad de la niebla se mezcló con el olor a miedo, muerte y destrucción. La batalla había comenzado.
—¡Bien hecho! —nos alentó el alférez—. ¡Levantad las picas, que llega la caballería!
El sonido de los cascos de los caballos enemigos se fundió con el del crujir de huesos chocando contra las largas lanzas; por el campo ya corrían ríos de sangre y nosotros, los más veteranos, todavía no habíamos entrado en combate. Asombrosamente, no habíamos sufrido ninguna baja.
—¡Avanzad! ¡Por el duque de Alba! ¡Por los Tercios! ¡Por España! —arengó el alférez, envalentonado.
Mientras adelantábamos la posición, los arcabuceros recargaban sus armas, introduciendo la pólvora y las bolas de plomo en el cañón y dejando las mechas listas para ser prendidas.
—Yo por ese cabrón no movería ni el dedo meñique —se me escapó mientras Íñigo reía entre dientes.
El segundo envite fue más cruento. Algunos piqueros no aguantaron la carga y murieron pisoteados por los caballos. Los arcabuceros tuvieron que blandir sus espadas y nosotros batirnos el cobre por primera vez en la pelea.
—¡Apúrate, Íñigo, que estos endemoniados herejes se manejan bien con la espada! —dije repartiendo unas cuantas estocadas, deshaciéndome de dos atacantes con facilidad.
—¡Calla y vigila tu flanco izquierdo que por el hedor atufa a francés! —respondía mirándome de reojo mientras que, de una patada, se quitaba de en medio a otro enemigo.
—¡Gracias, Íñigo! —dije resoplando mientras dirigía mis envites contra el francés, que se me acercaba peligrosamente—. ¡Malnacidos! ¡Cómo os gusta jodernos a los españoles! ¡Qué envidia nos tenéis! ¡Vosotros, los franceses y los ingleses, siempre metiendo vuestras sucias narices donde no os llaman!
—Goûte à mon sabre, graine du mal! —farfulló el francés mientras me atacaba.
—¡Dad recuerdos a Satanás de mi parte, hideputa, que no entiendo ni una palabra de lo que me dices! —le contesté, rebanándole de un mandoble el gaznate, del que salió un chorro de sangre a borbotones.
En el campo de batalla, el panorama no era muy alentador: nuestras tropas habían mermado en demasía y las escaramuzas se sucedían una tras otra, sin un claro atisbo de victoria. A pesar de ello, seguíamos avanzando hacia nuestro objetivo, el príncipe de Orange.
—Mala pinta le veo yo a este asunto, compadre —dije desanimado.
—Otro ataque más y los piqueros perderán la vida o huirán despavoridos víctimas del miedo, dejándonos con el calzón al aire —dijo Íñigo de forma premonitoria.
La caballería flamenca volvió a la carga, deshaciendo por completo el orden entre nuestros piqueros, masacrándolos.
—¡Aguanta un poco, zagal, que pronto acabará la batalla! ¡Todo irá bien, vas a encontrarte con tu madre en el cielo! —prometí a Jiménez intentando darle consuelo, apretando con fuerza sus manos ensangrentadas.
«Qué injusta es la vida», pensé al ver aquel cuerpo de niño tirado en el suelo, reventado y pisoteado, con sus tripas esparcidas por doquier.
Ya todos peleábamos a espada.
—¡Reorganizaos! ¡Diego, toma unos hombres y ataca por la derecha! ¡Íñigo, tú por la izquierda! ¡Yo me encargo del centro! —planteó el alférez San Pedro.
—¡A sus órdenes! —gritamos los dos al unísono.
Mientras tanto, en retaguardia, el duque cabalgaba pomposo junto a sus lugartenientes, a una distancia más que prudencial.
Poco a poco logramos abrirnos paso, repartiendo estocadas a diestro y siniestro, hasta crear una brecha en las defensas enemigas que protegían a su caudillo, pero pagando por ello un alto precio: de las veinte compañías que formaban el Tercio prácticamente en todas, en menor o mayor medida, se sufría alguna baja. En la nuestra, quedábamos en pie una cincuentena de hombres, la mayor parte espadachines, aunque también algún arcabucero que se sabía manejar bien con la espada. Por su parte, las bajas entre las tropas enemigas también eran cuantiosas.
De repente, el sonido de las trompetas de ambos bandos anunció el parar de guerrear. Nos agrupamos de nuevo, ya muy cerca de nuestro objetivo.
—¡La puta que los parió! Ya estamos como siempre, Íñigo. Ahora se acercarán a parlamentar entre ellos —grité enfadado, señalando hacia la retaguardia. Mientras nosotros, la soldadesca, nos dejamos las tripas batallando, ellos se pondrán a charlar como si nada, sin siquiera ensuciar de polvo sus caros ropajes.
—Tienes toda la razón, Diego —corroboró mi compañero—. Nos utilizan como peones de ajedrez, sin importarles lo más mínimo lo que nos pase. Esto ya no es lo que era, cuando los mandos combatían junto a nosotros, mano a mano, allá en Italia.
—¡Callaos de una puta vez, maldita sea! —nos ordenó el alférez, nervioso al ver que se acercaba el capitán Sánchez, comandante de nuestra compañía, veterano como nosotros.
Al mismo tiempo, un caballero se aproximaba desde la retaguardia. Era el mismísimo Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, el tercer duque de Alba, cabalgando sobre su corcel de manera solemne, cubierto con una reluciente armadura repleta de insignias. Una banda en su pecho destacaba especialmente, la de la Insigne Orden de Caballería del Toisón de Oro, otorgada por el emperador Carlos I de España y V de Alemania.
—Ya te decía yo que este no se había manchado las manos de sangre —susurré a Íñigo al ver lo limpio que iba el duque mientras el alférez San Pedro me fulminaba con su mirada.
—Capitán Sánchez, solicito de vuesa merced un grupo de soldados que me sirvan de escolta para ir a parlamentar con el enemigo —ordenó el duque.
—¡A sus órdenes, excelentísimo señor! —respondió el capitán cuadrándose mientras nos repasaba con su mirada, de arriba abajo—. Alférez San Pedro, ¡venga aquí y traiga a sus mejores hombres! ¡Por supuesto, los soldados Diego Alcázar e Iñigo Jorajuría deben ser de la partida!
El alférez eligió a los soldados más experimentados, entre los que Iñigo y yo nos encontrábamos. Todos portábamos espadas tizonas, forjadas con el mejor acero toledano. Escondida entre mis ropajes, a buen recaudo y en lugar no visible, mi daga afilada, que me había sacado de más de un aprieto.
Rodeamos al duque de Alba y empezamos a movernos lentamente. En el otro lado, en las tropas enemigas, otro caballero y su escolta hicieron lo mismo. Nos encontraríamos a mitad de camino, en una especie de zona de nadie de terreno neutral, lo suficientemente alejada de ambos bandos. Al cabo de unos cuantos minutos, que se me hicieron eternos, llegamos al lugar elegido. Don Fernando comenzó a hablar:
—Buenos días, Guillermo. Por nuestra antigua amistad, te ruego que cejes en tu empeño. Depón las armas, que ya ha corrido mucha sangre en esta contienda —dijo el duque, levantando la celada del casco para hacerlo.
—Jamais! —dijo en francés su oponente.
—¿Quién sois vos? —preguntó el duque sorprendido al no reconocer la voz de su interlocutor—¡Es una trampa! ¡A las armas! —ordenó, apartándose a un lado.
—Ya estamos como siempre, Íñigo. ¡Otra vez a sacarnos las castañas del fuego nosotros mismos!
Desenvainamos nuestras espadas, dispuestos a la lucha. Nuestros oponentes, la mayoría soldados mercenarios de origen francés, experimentados como nosotros, hicieron lo mismo. El ruido del choque de las espadas era ensordecedor y las peleas eran continuas.
—¡Probad el acero español, miserable francés! —espeté a mi contrincante, hiriéndolo mortalmente tras varios intentos fallidos.
Después de un buen rato entretenido, pude mirar a mi alrededor. Aparte de mí, los únicos soldados de nuestro bando que seguían en pie eran el alférez San Pedro y mi compañero Íñigo, que se encontraban rodeados de enemigos. En cuanto a los caballeros, el falso don Guillermo había huido vilmente y don Fernando había descabalgado, espada en mano, llevándose por delante a unos cuantos rivales, ensuciando de sangre su flamante armadura.
—¡Por España! ¡Continuad combatiendo, que aún no ha llegado nuestra hora! —nos ordenó el duque mientras aguantaba su pesada espada con las dos manos, dispuesto a vender cara su vida.
—¡Por el pobre Jiménez! —exclamó emocionado el alférez San Pedro soltando una estocada mortal a su contrincante.
—¡Por todos los compañeros caídos! —gritó Íñigo abalanzándose como un poseso sobre los dos últimos combatientes enemigos, que cayeron muertos víctimas de su ira.
Se hizo el silencio. Todos, incluso el duque estábamos cubiertos de vísceras y de sangre. Como lobos que cazan en manada fuimos a reunirnos en el centro del lugar de la batalla.
—¡Habéis combatido con fuerza y honor, soldados! —dijo don Fernando haciendo una reverencia, agradecido—. Sois dignos de pertenecer a los Tercios. Se nota que os enseñó bien don Gonzalo, nuestro Gran Capitán.
De repente, uno de los mercenarios, medio moribundo, se abalanzó sobre el duque, intentando clavarle su espada.
—¡Muere, sucia rata traidora! —grité mientras lanzaba con rabia mi daga, que se clavó en la garganta del vil mercenario, muriendo en el acto.
—Mucho renegar, pero al final le acabaste salvando el pellejo al Gran Duque, aquí en Flandes —se mofó de mí Íñigo.
—¡No me jodas, Íñigo, no me jodas!, que se lo ha merecido con creces luchando —concluí, encogiéndome de hombros.
El viaje de retorno a España
Han pasado varios días desde que le salvamos la vida al Gran Duque de Alba. Con mucho esfuerzo y demasiada sangre derramada por ambos bandos, por fin habíamos apresado al príncipe Guillermo de Orange. Desde entonces, permanecía encarcelado en las mazmorras de un caserón antiguo, propiedad de los Alba.
—Ayudadme, os lo ruego. Necesito de hombres como vosotros, curtidos en la batalla y experimentados, para conducir a ese traidor ante el rey —nos había pedido el duque al alférez Julián San Pedro, a Diego Alcázar y a mí, Íñigo Jorajuría, después de haber recibido todo tipo de halagos por su parte—. Pensad en mi ofrecimiento, que seréis bien recompensados.
Después de eso, se despidió de nosotros con una reverencia, deteniéndose frente a Diego.
—Gracias por salvarme la vida, Diego. Estoy en deuda con vos.
—Su Excelencia no me debe nada. Lo único que le pido es que alimente bien a su tropa y que les dé un buen trato; que para eso han peleado duro, atrapando a ese protestante malnacido, dando lustre al buen nombre de vuecencia y al de nuestro reino, que es España.
Con el dolor del que entierra a un hermano, dimos cristiana sepultura a todos los que habían caído en la contienda.
—Hasta siempre, niño Jiménez —me despedí con tristeza del joven piquero, que había muerto destripado en la batalla—. Descansa en paz en el cielo, al lado de tu querida madre…, ¡nunca te olvidaremos!
Diego, incapaz de decir nada, colocaba unas cuantas flores sobre la tumba del niño. Por su parte, el alférez lloraba sin consuelo, como si hubiese perdido a un hijo.
Estuvimos haraganeando varias semanas, hasta que llegaron los refuerzos para reconstruir nuestro maltrecho ejército. Sin nada más que hacer, nos tumbábamos a la bartola, dormíamos a pierna suelta, y malgastábamos nuestra paga, bebiendo y jugando a los naipes.
—¿Qué haréis ahora, compadres? —nos preguntó el capitán Sánchez, una vez reorganizada la compañía, dispuesta para partir.
—Somos demasiado viejos para batirnos el cobre y aguantar los rigores de este clima, capitán —dije en nombre de los tres—. Es hora de licenciarnos y de dar paso a los más jóvenes. Aceptaremos la proposición que nos hizo el duque.
Estábamos delante del portón principal de la casa de Alba. Nuestro aspecto era más que deplorable: ni nuestra ropa, ni nuestras botas daban ya más de sí; lo cierto es que parecíamos tres mendigos.
Toqué la aldaba del portón anunciando nuestra llegada. Una mujer joven se asomó por una ventana del piso superior.
—¡Fuera de aquí, pordioseros! —dijo de malas maneras—. En esta casa no damos limosnas.
—¡Déjanos entrar, que queremos ver a tu amo! —protesté malhumorado—. Dile que somos los tres soldados que le salvaron la vida, si no quieres que te azote aquí mismo.
Mis compañeros me rieron la gracia con complicidad.
Después de unos instantes, los goznes del portón de entrada chirriaron. Una mujer, lujosamente vestida, salió a nuestro encuentro.
—Perdonadme, señora —dije con educación—. Queremos hablar con Su Excelencia. Él sabe de nosotros.
—¿No me ibais a dar unos azotes? —replicó la mujer elevando la voz—. ¡Hacedlo si os atrevéis, deslenguado!
Me sonrojé sin poder evitarlo; era la joven que se había asomado por la ventana.
—¡Perdonadme de nuevo, señora! Creía que erais una simple criada.
—¡Te has equivocado por completo! Me llamo Catalina y soy una de las damas de compañía de la mujer del duque, doña María.
—Siento la confusión —me disculpé avergonzado mientras me inclinaba ante ella y me sacaba mi sombrero, a modo de reverencia—. Mi nombre es Íñigo Jorajuría, y estos son mis compañeros, Diego Alcázar y el alférez Julián San Pedro. Llevadnos ante Su Excelencia, que seguro se alegrará de vernos.
Nos encontrábamos ante el Gran Duque de Alba en el amplio salón principal de la casa, de cuyas paredes colgaban lujosos tapices con motivos bélicos.
—¡Dichosos los ojos! Me alegro gratamente de que aceptéis mi proposición —dijo mostrando una gran sonrisa—. ¡Catalina, atended a nuestros huéspedes para que se sientan cómodos!
Íbamos detrás de la joven perdidos, sin saber muy bien a dónde nos llevaba.
—¡Oléis mal y vuestros ropajes están hechos girones! Tendréis que daros un buen baño y deshaceros de esos harapos —nos ordenó dejándonos solos en la zona donde se aseaban los sirvientes.
Disimuladamente, miré como se marchaba y me ruboricé: había algo en ella que me atraía.
—Alférez, ¡me parece que el zagal se nos está enamorando! —le decía con sorna Diego a Julián San Pedro mientras los tres nos dábamos un baño en una tinaja muy grande llena de agua caliente, perfumada con pétalos de flores secas.
—¡De esta, el navarro se nos casa! —le seguía el juego el alférez.
—¡Callaos ya, cabrones! —rechisté mientras me frotaba la espalda con una pastilla de jabón—. ¿Os habéis fijado en lo bien que huele a olivas este jabón? ¡Cómo me recuerda a las tierras de Jaén! —dije intentando desviar su atención.
Al rato, Catalina entró en la estancia con algo de ropa; abochornados, nos cubrimos el pecho con los brazos.
—Aquí tenéis. Espero que sea de vuestro agrado.
—Oye Catalina…, ¿qué te parece el zagal? —le preguntó Diego descarado.
Catalina lo fulminó con la mirada, sin mediar palabra; yo me quería morir de la vergüenza.
Terminamos de bañarnos y de acicalarnos. En un espejo muy lujoso, decorado con un marco de oro, me rasuré el mostacho, que me había acompañado durante tantos años y que me hacía ocultar tras de sí al ingenuo y joven Eneko, para mostrar a Íñigo, mi yo adulto y audaz.
—¡Si pareces un jovenzuelo, Íñigo! —volvió a mofarse Diego.
—¡Ahora sí que no se te escapa la moza! —bromeó de nuevo el alférez.
La verdad es que éramos otros. Arreglados y perfumados, bien rasurados y vestidos con caros ropajes, con las botas relucientes y nuestras espadas bien afiladas y engrasadas, parecíamos espadachines de primera.
Miré de reojo a Catalina, que me estaba observando. Nuestras miradas se cruzaron y por primera vez vi aquel brillo en sus ojos, que desde entonces me hace sentir mariposas en el estómago.
De nuevo, estábamos en presencia del duque, ya más limpios y con mejor presencia.
—¡Veo que Catalina os ha sacado lustre! —aprobó al vernos— Podéis retiraos, Catalina. Volved con mi esposa, que reclama vuestra presencia.
Nos quedamos a solas con el de Alba.
—Mi idea es viajar en un carruaje y trasladar a Guillermo de Orange a España, aunque haremos creer que sigue cautivo en Flandes. Para cuando se descubra el engaño, el hereje protestante estará rindiendo cuentas a nuestro rey.
Su Excelencia nos siguió hablando de su plan, del que había pensado hasta el más mínimo detalle.
—Diego y el alférez conducirán el carruaje mientras se encargan de custodiar al príncipe. Tú y Catalina fingiréis estar recién casados y viajar a Pamplona, para presentarle tus respetos a su padre, que haremos creer que reside allí. Entrando por Irún, al norte del Reino de Navarra, pasando por los pueblos de Vera de Bidasoa y Sunbilla, haréis noche en Doneztebe, en la casa-torre de mi amigo el conde de Eunate, que ya ha sido informado de manera conveniente. Finalmente, pondréis rumbo a la capital navarra, donde os esperará una compañía de la Guardia Real, que escoltará al príncipe hasta Madrid.
El corazón me dio un vuelco. Después de tantos años, volvía a escuchar aquellos nombres: el de mi pueblo natal, Sunbilla; y el de aquél odioso conde de Eunate, que me traía tan amargos recuerdos, entre ellos la pérdida de mi madre y la destrucción del caserío de la familia Jorajuría, Arri gaztelu.
Nervioso, intenté recapacitar: era imposible que el actual conde fuera el mismo malnacido que ordenó saquear el caserío de mi familia. Debía ser Francisco, su hijo y único heredero.
Al cabo de unas semanas, y siguiendo los planes previstos, estábamos preparados para iniciar nuestra aventura.
—¿Todos dispuestos? —preguntó el alférez antes de iniciar la marcha en medio de la oscuridad.
—¡Dispuestos! —respondimos al unísono.
Incluso el malvado Guillermo de Orange quiso dar su opinión, atado y amordazado como estaba, viajando en un doble fondo del carruaje.
—C'est un scandale ! J'exige d'être traité comme un prince !
—¡Callaos, hideputa afrancesado! ¡Que no hay cristiano que os entienda! —le reprobó Diego con su habitual buen humor mientras golpeaba con el pomo de su espada sobre el doble fondo, para hacer callar al hereje.
Diego y el alférez vestían como cocheros. Escondían sus espadas entre los ropajes, listos para entrar en combate en cualquier momento. Catalina y yo íbamos en la caja del carruaje, vestidos de manera muy elegante. «Aunque soy mayor que ella, hacemos buena pareja», pensé mientras sonreía de forma bobalicona.
Atravesamos Francia sin contratiempos; no hay nada como llevar una buena bolsa de monedas de plata.
Durante varias jornadas permanecí callado y ensimismado en mis pensamientos. En mi cabeza surgía un dilema: el de ser fiel a las órdenes del duque y cumplir la misión que nos había encomendado, o saciar la sed de venganza que había vuelto a sentir en mi garganta después de tantos años. Otras veces, sin embargo, no paraba de parlotear con Catalina. Desde nuestra partida de Flandes, habían sido muchas las horas de charlas y de miradas cómplices entre los dos. Ya no quedaba ni rastro de aquella arisca mujer que nos había recibido a la entrada del caserón del duque de Alba. Entre los dos había surgido una confianza mutua, como si nos conociésemos de toda la vida.
Llegamos a Irún, en la frontera con España.
Diego mostraba nuestro salvoconducto a la guardia —nada más y nada menos que un documento firmado por el mismísimo duque de Alba—; Catalina empezó a hablarme.
—Estás muy guapo, te sienta muy bien esta ropa. Menos mal que te afeitaste ese horrible mostacho, que te hacía tan mayor.
—Gracias, tú también estás muy hermosa —le correspondí ruborizado. Mi corazón palpitaba sin parar; se me iba a salir del pecho—. Por cierto, ¿has visitado alguna vez nuestra tierra?
—Según tengo entendido, nací en España. Yo no me acuerdo prácticamente de nada; con muy pocos años me acogieron los duques de Alba, que casi siempre han vivido fuera de España. Ellos me educaron como si fuese de la nobleza, aprendiendo a ser dama de compañía de la esposa del duque.
—Entonces, ¿no perteneces a la nobleza?
—No…, ¿acaso importa? —me miró inquisitiva.
—Para nada —respondí con alivio.
Había caído la última barrera que se anteponía entre nosotros.
Continuamos nuestro camino por una antigua calzada romana, que unía las poblaciones de Vera de Bidasoa y Sunbilla. Llovía débilmente, como casi siempre en aquella región del norte de Navarra. Al instante, reconocí ese olor tan característico de mi añorado hogar, mezcla de tierra mojada y hojarasca. Era media mañana y el carruaje se balanceaba de un lado para otro, haciendo el viaje un poco más incómodo de lo habitual.
—Mais que se passe-t-il ? Le wagon bouge beaucoup trop ! —se quejó el príncipe Guillermo desde su habitáculo.
—¿Qué dice este deslenguado, Julián? —le preguntó Diego al alférez San Pedro.
—Me ha parecido entender: “Pero ¿qué pasa? ¡Esta carrozo se mueve demasiado!”
—¡La madre que os malparió! ¡Hablad bien de una vez, zurcefrenillos de tres al cuarto! —replicó Diego, golpeando con fuerza el pomo de su espada contra el doble fondo, haciendo callar al príncipe.
A mitad de camino entre las dos poblaciones, hice detener el carruaje y todos bajamos. Estábamos ante los restos de un caserío, casi irreconocible al estar invadido por la maleza, en la antigua heredad de los Jorajuría, donde antaño el joven Eneko correteaba libre y sin preocupaciones.
—Aquí nací yo, en Arri Gaztelu —dije con un tono de voz melancólico—. En castellano significa “Castillo de Piedra”. Es donde están enterrados mi padre, que murió víctima de la hambruna, y mi querida madre, que murió asesinada en el incendio que destruyó mi hogar.
No pude más: me eché a llorar como un niño mientras Catalina apretaba con fuerza mi mano y los demás me miraban apesadumbrados.
Les desvelé mis dos mayores secretos: el de que mi verdadero nombre era Eneko; y el de mi juramento de venganza contra los Eunate, a cuya casa-torre nos dirigíamos.
—Vamos a ver como se suceden los acontecimientos, y que sentimientos te afloran al llegar a la casa —dijo juiciosamente el alférez—. Te apoyaremos, tomes la decisión que tomes.
—¡Por supuesto! —corroboró Diego—. Ya sabes que somos compadres, y que por un compadre se da todo…, ¡hasta la vida!
Catalina no dijo nada. Apretó aún más mi mano y me miró con dulzura mientras la fina lluvia nos mojaba y volvíamos a guarecernos en el carruaje.
Llegamos sin novedades a la casa-torre de los Eunate, situada a una legua del centro de Doneztebe. La lluvia seguía cayendo débilmente, hacía frío y estaba anocheciendo.
Un mozo del establo se encargó de dar de comer y beber a los caballos, y de acomodar a Diego y al alférez para que pudiesen descansar. Mientras tanto, un soldado puso a buen recaudo al príncipe Guillermo en una mazmorra, que miraba aturdido, sin comprender lo que pasaba.
—He contado cinco soldados, que están bebiendo y jugando a los naipes aquí al lado —farfulló Diego en voz baja.
—Ya los he visto, ya…, yo he contado otros cinco, que están en las mazmorras, vigilando a nuestro príncipe rebelde —respondió el alférez.
—Pues entre tres, y si no me fallan las cuentas, casi a cuatro pares de compañones tocamos por barba—replicó Diego riendo entre dientes—. ¿Has estado atento, Íñigo?
—Sí, compadre —contesté.
Catalina y yo fuimos llevados al primer piso, para acomodarnos en una de las habitaciones más lujosas, reservada para los invitados ilustres.
—Espero que esta habitación sea de su agrado —nos dijo una criada—. Hemos encendido el fuego de la chimenea para que no pasen frío mientras descansan del viaje. Dentro de un momento los conduciré al salón donde aguarda el conde, que últimamente no está muy bien de salud.
Nos acomodamos en la habitación, que estaba decorada de manera austera; una cama enorme presidía la estancia.
—¡Fíjate que colchón, Íñigo! —me dijo Catalina con una mirada pícara en sus ojos mientras saltaba sobre la cama—. ¡Creo que está relleno de plumas de ganso!
Me tumbé a su lado y dimos rienda suelta a nuestra pasión desenfrenada.
Nos encontrábamos a la entrada del salón principal, esperando a que el conde nos recibiese.
—Adelante, ¡pasen, por favor! —dijo tosiendo, postrado en una butaca al calor de la chimenea.
Como sospechaba, era Francisco de Eunate, el único hijo y heredero del malnacido que trajo la desgracia sobre mi familia, aunque estaba muy avejentado y demacrado para su edad. «Este cabrón está enfermo de tosferina», pensé.
Sin demora, le presenté mis respetos, entregando una carta que el duque de Alba me había dado para él.
—Ya me informó Su Excelencia por carta de vuestra llegada, y que vos en particular, Íñigo, gozáis de toda su confianza. Por cierto…, ¿sabéis que el apellido Jorajuría es oriundo de esta zona?
—No, no lo sabía. Yo soy de un pueblo cerca de San Sebastián. Por supuesto, puede confiar en mí plenamente —mentí con disimulo, aunque por mis adentros deseaba atravesarlo con mi espada.
Mientras el conde leía la carta, Catalina miraba boquiabierta un retrato de una mujer en la pared, que era su viva imagen.
—Sois como dos gotas de agua, ¿verdad? —le dijo el conde a Catalina. Después de unos segundos siguió hablando dubitativo, con voz temblorosa—. Era tu madre y se llamaba Amaia…, como tú. Aunque tu apellido es Eunate.
—¿Está usted loco, señor conde? —dijo Catalina con incredulidad—. Yo no soy una noble, ¡no puedo ser su hija!
—No, no estoy loco —respondió tosiendo nervioso—. Y sí, eres mi hija. Poco después de tu nacimiento, me emborraché y discutí con tu madre. Cegado por el alcohol y la ira, la empujé por la ventana y cayó al vacío. Os juro que no quería hacerlo… Murió unos días más tarde por los golpes sufridos en la caída. Después, te entregué al duque de Alba; no soportaba el dolor de verte crecer reflejada en ella.
El conde enmudeció, intentando respirar con dificultad.
—¿Por qué me cuenta todo esto ahora? —preguntó Catalina airada.
—¿Acaso no me ves? Me estoy muriendo —sentenció el conde—. Cuando tuve noticias de la captura del príncipe Guillermo por parte del duque, y que iba a ser trasladado a España, le rogué que te enviara aquí. En esta carta me confirma que eres aquella niña que le entregué en su día. Quiero que me perdones y restablecer tu título nobiliario: serás la condesa de Eunate.
La sangre me hervía por dentro…, ¡no iba a poder vengarme de los Eunate! Catalina, mi amada, llevaba su sangre. Y para colmo, ¡no era una plebeya!
El conde continúo hablando.
—No puedo dejarte en herencia un condado en ruinas, así que no he tenido más remedio que faltar a mi lealtad para con el duque y traicionarlo. He hecho un pacto con los franceses: canjearé al príncipe Guillermo a cambio de trece arcas repletas de oro. Así, podrás vivir con holgura, hija mía.
Justo en ese momento, en el piso inferior, se escuchó un gran estruendo.
Corrí escaleras abajo para ver lo que pasaba.
La cosa parecía fea. Los dos veteranos peleaban en el centro del piso inferior, espalda con espalda, rodeados de soldados.
—¡Atizad con fuerza, alférez! —gritaba Diego, blandiendo su espada contra uno de los soldados, que acabó sucumbiendo a sus envites —. ¡Que os lleve el diablo, piojoso traidor!
—¡En ello estoy! —le contestaba el alférez, que no paraba de lanzar estocadas contra otro de los soldados.
—¡Tranquilizaos, compadres, que llegan los refuerzos! —dije mientras me abalanzaba sobre un soldado, que acabé degollando con mi vieja tizona.
—¡A tiempo llegas de unirte a la fiesta, Íñigo! —dijo el alférez empleando con brío su espada—. Te pongo en antecedentes: La trifulca ha comenzado al escuchar la conversación entre dos de los soldados; uno decía que Diego y yo éramos unos viejos pazguatos, que sería fácil el acabar con nosotros; el otro le replicaba diciendo que contigo sería otro cantar, que parecías más joven y más fuerte, pero que no te quedaría otra que rendirte si nos mataban.
—¡Hombre! ¡Por fin se digna a aparecer, el señorito! Ya echaba yo de menos el mancharme de sangre las manos —se regocijaba Diego mientras le saltaba los dientes a otro de los soldados, que era uno de los que había participado en la conversación—. ¡Toma, cabrón, para que aprendas a no irte de la lengua y a respetar a los mayores!
Después de mucho pelear, fueron cayendo uno tras otro los soldados enemigos, que no eran nada hábiles con la espada. El último de ellos se rindió de manera cobarde, escondiéndose en la misma mazmorra del príncipe Guillermo.
—Quels animaux brutaux ces Espagnols ! —exclamó Guillermo escandalizado, al ver los charcos de sangre y los cadáveres esparcidos por doquier.
—¡Chitón, malnacido, que aún os lleváis un trastazo de los míos! —le amenazó Diego.
Habían pasado varios meses desde que entregamos en Pamplona al príncipe de Orange, finalizando con éxito nuestra misión, por lo que recibimos una gran cantidad de monedas de plata.
El conde de Eunate había muerto, víctima de sus remordimientos y de un ataque agudo de tosferina; Catalina había adoptado el nombre de Amaia, para honrar a su difunta madre, y renunció a su título de condesa, renegando de su linaje; y yo, por mi parte, había recuperado mi nombre, Eneko, y empezado a reconstruir el caserón de mi familia con las ganancias de la recompensa recibida.
—Eneko, ¿juras sobre esta tu tierra, que es también la de tus antepasados los Jorajuría, amar y querer para siempre a Amaia? —me preguntó el sacerdote, que estaba oficiando la ceremonia.
—¡Si, lo juro! —respondí decidido.
—Y tú, Amaia, ¿lo juras también?
—¡Si, también lo juro! —respondió sonriente y feliz.
—Por el poder que me ha otorgado la santa madre Iglesia, ¡yo os declaro marido y mujer! Eneko…, ¡puedes besar a la novia!
Nos fundimos en un beso apasionado mientras mis compadres gritaban «¡Vivan los novios!». Desde el otro lado del bosque, se escuchó el aullido de un viejo lobo, como queriendo darnos su bendición.
En cuanto a Diego y al alférez San Pedro…, todavía se les ve por Sunbilla mientras se emborrachan y malgastan sus ganancias por las tabernas, en jarras de vino y mujeres de mala vida.
